—Yo había oído decir eso —dijo—. Mi señor había hecho construir un hospital en Hassadar. Pensaba llevarla allá cuando estuviera un poco más fuerte, aunque no tenía dinero. Tenía las piernas y los brazos sanos, la cabeza bien formada, cualquiera se daba cuenta… seguramente habrían… —Se le crisparon las manos y se le quebró la voz—. Pero Lem la mató antes de que pudiera…

Siete días de camino, calculaba Miles, desde la profundidad de las montañas Dendarii hasta la ciudad baja de Hassadar. Era lógico que una mujer que acababa de dar a luz dejara ese viaje para unos días después. Una hora de viaje en un automóvil aéreo…

—Así que aquí hay alguien que por fin hace una denuncia —dijo el conde Vorkosigan—, y la trataremos como denuncia. Es una oportunidad para enviar un mensaje a los rincones más lejanos de nuestro propio distrito. Miles, serás mi voz, y llegarás adonde no hemos llegado antes. Harás justicia, la justicia del conde… y con mucho ruido si puedes. Ya es hora de que esas prácticas, que nos hacen quedar como bárbaros a los ojos de la galaxia, terminen de una vez por todas.

Miles tragó saliva.

—¿No le parece que el magistrado del distrito estaría mejor cualificado para … ?

El conde esbozó una sonrisa.

—Para este caso, no puedo pensar en nadie que esté mejor cualificado que tú, Miles.

El mensajero y el mensaje corporizados en una sola persona. Los tiempos han cambiado. Claro. Miles deseó estar en otra parte, en cualquier otra parte… sudando sangre de nuevo por sus últimos exámenes, por ejemplo. Ahogó una queja poco diplomática: ¿Y mi graduación?

Se frotó la nuca.

—¿Quién… quién mató a su hijita? —Es decir, ¿a quién tengo que arrastrar, poner contra una pared y fusilar?



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