
El conde unió las manos y al fin le habló.
—Un caso muy interesante. Ya veo por qué la dejaste entrar.
—Ah… —dijo Miles. ¿En qué se había metido? Había ayudado a la mujer a pasar a través de Seguridad sólo por un impulso quijotesco, por Dios, y para molestar a su padre en el desayuno…— ¿Sí? —dijo sin comprometerse.
Las cejas del conde Vorkosigan se elevaron.
—¿No sabes qué la trajo aquí?
—Habló de un asesinato y de una notable falta de cooperación de las autoridades locales. Pensé que usted la ayudaría a llegar al magistrado de distrito.
El conde se acomodó más en la silla y se frotó la mano pensativo sobre el mentón marcado.
—Es un infanticidio.
El vientre de Miles se encogió. No quiero tener nada que ver con esto. Bueno, eso explicaba por qué no había un bebé contra ese pecho.
—Raro… quiero decir, la denuncia…
—Hace veinte años o más que peleamos contra esa costumbre —dijo el conde—. Promulgaciones, propaganda. … En las ciudades progresamos mucho.
—En las ciudades —murmuró la condesa— la gente tiene alternativas.
—Pero en el interior… bueno… no han cambiado mucho las cosas. Todos sabemos lo que pasa, pero sin una denuncia, una queja… y con la familia que se cierra siempre para proteger a los suyos… es difícil hacer justicia.
—¿Cuál… ? —Miles se aclaró la garganta y miró a la mujer—. ¿Cuál era la mutación del bebé?
—Boca de gato. —La mujer hizo una mueca con el labio superior para que se dieran cuenta de qué hablaba—. Tenía el agujero dentro de la boca también, la pobre niña, y no mamaba bien, se ahogaba y gritaba peto comía lo suficiente, sí, sí…
—Labio leporino —murmuró la mujer del conde, a medias para sí misma, traduciendo el término de Barrayar a la lengua común de la galaxia—, y el paladar partido, parece. Por Dios, eso ni siquiera es una mutación. Ya existía en la vieja Tierra. Un defecto normal de nacimiento, si eso no es una forma contradictoria de decirlo. No un castigo por el peregrinaje de sus antepasados de Barrayar a través del Fuego. Con una simple operación… —La condesa se detuvo de golpe. La mujer de la colina parecía muy angustiada.
