
—¿O no… ? —suspiró Miles. En ese momento se dio cuenta de la importancia vital del momento que había elegido Illyan para venir a verlo. No era su ansiedad por la salud de un subordinado herido. Era para poder llevar a cabo el interrogatorio justo después de la cirugía, cuando Miles estaba débil, dolorido, drogado, tal vez confundido…—. ¿Por qué no me das la pentarrápida y terminamos con esto? —le espetó a Illyan.
—Porque leí el informe sobre tu reacción idiosincrática ante las drogas de la verdad —contestó Illyan con voz tranquila y ecuánime—. Eso sí que es una lástima.
—Podrías retorcerme el brazo. —Miles tenía un regusto amargo en la boca.
La expresión de Illyan era seca y adusta.
—Lo había pensado. Pero he decidido dejárselo a los cirujanos.
—¿Sabes? Hay días en que eres realmente un hijo de puta, Simon.
—Sí, lo sé —Illyan siguió sentado inconmovible e inmóvil. Esperando. Vigilando—. Tu padre no puede permitirse un escándalo en el Gobierno. No este mes. No en medio de esta lucha por el poder. Tenemos que aplastar este complot, esté basado en la verdad o no. Lo que se diga en esta habitación quedará entre tú y yo. Absolutamente—. Pero tengo que saber los detalles.
—¿Me estás ofreciendo una amnistía? —La voz de Miles era baja, peligrosa. Sentía que el corazón le latía en el pecho.
—Si fuera necesario… —La voz de Illyan no denotaba ninguna expresión.
Miles no podía crispar las manos, ni siquiera las sentía, pero se le doblaron los dedos de los pies. Descubrió que estaba jadeando porque le faltaba el aire, lleno como estaba de rabia; la habitación parecía temblar frente a sus ojos.
—¡Hijo de puta…! ¡Maldito! ¿Te atreves a llamarme ladrón? agitó en la cama, dando patadas a las mantas.
