Su monitor médico empezó a dar la alarma. Los brazos de Miles eran pesos inútiles que le colgaban de los hombros y se agitaban sin nervios ni sensación alguna—. Como si yo fuera capaz de robar a Barrayar, nada menos… Como si fuera capaz de robar a mis propios muertos… —Lanzó los pies hacia fuera de la cama y se sentó con un esfuerzo doloroso de los músculos del abdomen. Mareado, medio desmayado incluso, osciló hacia delante sin manos para sostenerse.

Illyan saltó para frenarlo antes de que cayera de bruces sobre el colchón.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo, muchacho?

Miles no estaba seguro.

—¿Pero qué le está haciendo a mi paciente? —gritó el doctor militar, mientras entraba como una tromba en la habitación—. ¡Este hombre acaba de sufrir una operación importante!

El doctor estaba asustado y furioso; el enfermero que lo seguía, también asustado, trató de impedir que su superior cometiera un error, y tomándolo del brazo le susurró:

—¡Es el jefe de Seguridad Illyan, señor!

—Sé quién es. No me importa que sea el fantasma del emperador Dorca. No voy a permitir que siga con sus… asuntos aquí. —El doctor miró a Illyan con furia y valentía—. Su interrogatorio, o lo que sea, puede llevarse a cabo en su cuartel general, mierda. No permito ese tipo de cosas en mi hospital. ¡Todavía no he dado de alta a este paciente!

Illyan lo miró intrigado primero, y después indignado.

—No estaba…

Miles pensó en tocar artísticamente ciertas terminaciones nerviosas de su cuerpo y gritar pero en ese momento no podía tocar nada.

—Las apariencias pueden ser tan engañosas —ronroneó en el oído de Illyan mientras se derrumbaba entre sus brazos. Sonrió con maldad a través de los dientes apretados. Le tembló el cuerpo, como en un ataque, y la capa de sudor frío que le bañaba la frente no era del todo fingida.

Illyan lo miró con el ceño fruncido pero volvió a ponerlo sobre la cama con mucho cuidado.



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