– No lo sabía -respondí. Estaba cansada, la herida me dolía, la anestesia me había debilitado.

– Ya, y yo soy el Ayatolá de Detroit. Estés donde estés siempre hay disparos que dejan lisiados y muertos, de modo que o sabías que iba a ocurrir o algo hiciste para que ocurriera. ¿Por qué te interesaba tanto esa fábrica?

La acusación implícita me causó tal enfado que salí de mi sopor.

– Hace cuatro años te dispararon porque no me escuchaste cuando sabía algo. Ahora no quieres escucharme cuando digo que no sé nada. Estoy harta de que no me escuches.

Me dedicó una repugnante sonrisa de policía. La blanquecina luz reinante arrancó un destello a su diente de oro.

– Pues tu deseo se ha hecho realidad. Voy a escuchar hasta la última palabra de lo que digas. Una vez que hayamos aguantado el acoso del vecino.

La segunda frase la pronunció entre dientes: por lo visto, el señor Contreras y los dos perros que comparto con él me habían estado buscando, ya que los tres se acercaron dando saltos por la acera en cuanto bajé del coche. El señor Contreras contuvo el impulso de echarse a correr cuando vio a Conrad. Aunque nunca había aprobado que saliera con un hombre negro, me había ayudado a cuidar de mi corazón roto cuando Conrad me dejó, y estaba claramente estupefacto al vernos llegar juntos. Los perros, en cambio, no se mostraron nada comedidos. No sabría decir si se acordaban de Conrad o no; Peppy es una golden retriever y su hijo Mitch es medio labrador: dispensan a todo el mundo, desde el empleado que viene a leer el contador hasta a Grim Reaper, el mismo caluroso y enérgico saludo.

El señor Contreras los siguió lentamente por la acera, pero cuando se dio cuenta de que estaba lesionada se mostró a un tiempo solícito y molesto porque no lo había avisado de inmediato.



10 из 435