Di la espalda a Love y organicé a las chicas en una fila para que corrieran hacia la canasta y lanzaran desde debajo, de modo que la siguiente en la fila pudiera coger el rebote. Practicamos tiros desde el área restringida y desde fuera del perímetro de triples, así como ganchos, tiros en suspensión, mates, etcétera. Hacia la mitad de los ejercicios, Celine entró tan campante en la cancha. No le dije nada sobre los diez minutos que había estado fuera; me limité a ponerla al final de una de las filas.

– Tu turno, Theresa -dije alzando la voz.

Echó a andar hacia la puerta y farfulló:

– Creo que puedo aguantar hasta que acabe el ejercicio, entrenadora.

– No te arriesgues -le advertí-. Más vale perder otros cinco minutos de ejercicios que correr el riesgo de pasar vergüenza.

Volvió a sonrojarse e insistió en que estaba bien. La puse en la fila donde no estaba Celine y miré a Marcena Love para ver si nos había oído; la periodista volvió la cabeza y aparentó interesarse en el juego que se desarrollaba debajo de la canasta que tenía delante.

Sonreí para mis adentros: un tanto para la pendenciera del South Side. Aunque las riñas callejeras no eran la herramienta más útil contra Marcena Love: tenía un arsenal lleno de cosas que me sobrepasaban. Como el flacucho (vale, de acuerdo, esbelto) cuerpo musculoso que ceñían sus Prada. O el hecho de que conociera a mi amante desde sus tiempos en el Cuerpo de Paz. Y había estado con Morrell en Afganistán el verano anterior. Y se había presentado en su apartamento de Evanston hacía tres días mientras yo estaba en South Chicago con la entrenadora McFarlane.

Cuando esa noche llegué a su casa, encontré a Marcena sentada en su cama, inclinada su cabeza leonada, mirando fotografías con él. Morrell se estaba recobrando de unas heridas de bala que todavía le obligaban a pasar mucho rato tendido, de modo que no era nada sorprendente que estuviera en cama. Pero la imagen de una desconocida, precisamente una con el porte y la desenvoltura de Marcena, inclinada sobre él (a las diez de la noche) me sentó como un tiro.



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