
A la auxiliar de enfermería le daba igual mi desesperación, pero estuvo de acuerdo en que no podía salir a la calle sin ropa. Fue a hablar con la enfermera jefe y me consiguió una sudadera vieja en alguna parte. Para cuando se acabaron los trámites y conseguí un camillero que me llevara en silla de ruedas hasta el vestíbulo, ya eran casi las nueve.
Conrad se había valido del privilegio policial para aparcar justo delante de la entrada. Estaba dormido cuando el camillero me sacó a la calle, pero despertó en cuanto abrí la puerta del lado del acompañante.
– ¡Uf! Ha sido una noche muy larga, señora W., muy larga. -Se restregó los ojos para despejarse y puso el coche en marcha-. ¿Sigues en el viejo pesebre cerca del campo de béisbol de Wrigley? He oído que le mencionabas un novio a la doctora.
– Sí.
Para mi fastidio, tenía la boca seca y la palabra sonó como un graznido.
– Confío en que no sea ese tipo, Ryerson.
– No es Ryerson. Se llama Morrell. Escribe para la prensa. Lo cosieron a balazos el verano pasado mientras cubría la guerra de Afganistán.
Conrad soltó un gruñido de desdén dirigido a todos los escritores y periodistas cosidos a balazos; sin embargo, él mismo había sido herido de bala en Vietnam.
– Además, sé por tu hermana que tú tampoco has hecho votos monásticos.
Camilla, la hermana de Conrad, pertenece a la junta del mismo refugio para mujeres que yo.
– Siempre has tenido mucha labia, señora W. ¡Votos monásticos! No, de eso nada.
Acto seguido Conrad dobló con su Buick en Jackson Park. Nos sumamos al intenso tráfico de la hora punta de la mañana y circulamos por la zona en construcción hasta acceder a Lake Shore Drive. Un débil sol de otoño intentaba atravesar la capa de nubes y en el aire flotaba una luz enfermiza que me hacía daño en los ojos.
