
– Soy investigadora. Detective.
– Pues no podrá investigar durante un par de días, detective. Descanse un poco, deje que su organismo elimine la anestesia y se encontrará bien. ¿Quiere avisar a alguien para que la acompañe a casa o prefiere que le pida un taxi?
– Anoche pedí que avisaran a un amigo -dije-. No sé si lo hicieron.
Tampoco sabía si Morrell estaría en condiciones de viajar hasta allí. Se estaba recuperando de las heridas de bala que casi lo matan en Afganistán el verano anterior; no estaba segura de que pudiera conducir sesenta kilómetros.
– Yo la llevaré.
Conrad Rawlings había aparecido en el umbral.
Estaba demasiado aletargada para sentirme sorprendida o complacida al verle.
– Sargento. Oh, un momento Te han ascendido, ¿verdad? ¿Ahora eres teniente? ¿Qué, de ronda para ver cómo siguen las víctimas de anoche?
– Sólo las que izan una bandera roja cuando están en un radio de setenta y cinco kilómetros de la escena del crimen.
Apenas advertí emoción en su cara cuadrada de tez cobriza; desde luego, no la preocupación de un antiguo amante, ni siquiera el enojo de un antiguo amante que me abandonó furioso.
– Sí -añadió-, me han ascendido: ahora soy el oficial de guardia en la Ciento tres con Oglesby. Estaré en el vestíbulo cuando la doctora dictamine que estás de nuevo en condiciones para destrozar el South Side otra vez.
La residente firmó los papeles del alta, me extendió recetas de Vicodin y Cipro y me puso en manos del personal de enfermería. Una auxiliar me entregó lo que quedaba de mi ropa. Pude ponerme los pantalones, aunque estaban manchados de tierra y olían a hollín, pero el chaquetón, la chaqueta y la blusa rosa de seda estaban cortados por los hombros. Hasta el tirante de mi sujetador habían cortado. Fue la blusa de seda la que me hizo romper a llorar, eso y la chaqueta. Formaban parte de un conjunto que adoraba; me lo había puesto la mañana del día anterior para asistir a una presentación de un cliente antes de dirigirme al South Side.
