
– ¿Cómo murió tu madre? -preguntó Felipe, su voz muy tranquila.
Hubo otro largo silencio antes de que Conner contestara. Afuera, un mono aullador chilló y varios pájaros devolvieron la llamada.
– Según la carta de mi padre, uno de los renegados, Martin Suma, la mató cuando ella trató de evitar que cogiera a los niños. Ella estaba con Adán Carpio, uno de los diez ancianos de la tribu de Embera, y su mujer, cuándo los hombres de Cortez atacaron y tomaron a los niños de rehenes. Suma dirigía a los hombres de Cortez y asesinó a mi madre primero, sabiendo que ella era la amenaza más grande para ellos. -Conner mantuvo su tono sin expresión-. Suma nunca me ha visto si te preocupa ese detalle. He estado en Borneo lo suficiente para parecerme a uno de esa zona. Felipe y Leonardo son de Brasil, Elijah puede ser de donde sea, pocas personas han visto jamás su cara y tú eres de Borneo. Ellos no sospecharán de mí. Entraré en el complejo, localizaré a los niños y una vez los pongamos a salvo, eliminaré a los tres. Es mi trabajo, no el tuyo.
– Entraremos juntos -dijo Rio-. Como un equipo.
– Aceptaste esta misión con la buena fe de que era un rescate y lo es. El resto, déjamelo a mí. -Giró la cabeza y miró directamente al líder del equipo-. No es como si tuviera mucho esperándome, Rio y tú tienes a Rachel. Debes regresar a ella de una pieza.
– Esta no es una misión suicida, Conner. Si estás pensando en esos términos, entonces terminamos tu participación aquí mismo -dijo Rio-. Todos entraremos, haremos el trabajo y todos saldremos.
