– Aguanta -insistió Rio entre dientes apretados-. Maldita sea, Conner, estamos a simple vista. Controla a tu felino.

Los leopardos de Panamá y Colombia eran los más peligrosos de todas las tribus, los más imprevisibles y Conner siempre había sido un producto de su genética. De todos los hombres del equipo, él era el más mortal. Rápido, feroz y letal en el combate. Podía desaparecer en la selva e irrumpir en un campamento enemigo por la noche hasta que estuvieran tan turbados, tan obsesionados por un asesino fantasmal que nadie notaba que abandonaban su posición. Era inapreciable, y aún así, volátil y muy difícil de controlar.

Necesitaban sus habilidades particulares en esta misión. El haber nacido en la selva tropical de Panamá le daría a la gente leopardo del área una ventaja clara para encontrar a los cambia formas esquivos y muy peligrosos. Conner también le daba al equipo la ventaja de conocer a las tribus de indios locales. La selva tropical, la mayor parte inexplorada, incluso para otros cambia formas, podía ser difícil de navegar. Pero con Conner que había crecido allí y que la había utilizado como su campo de juegos personal, no se verían frenados cuando debieran moverse con rapidez.

La cabeza de Conner giró en un movimiento lento que indicaba a un leopardo cazando. Estaba cerca de cambiar, demasiado cerca. El calor tiraba de él. El olor del animal salvaje, de un macho en la flor de la vida, fuerte y astuto que rasgaba y arañaba por escapar penetró el aire.

– Ha pasado un año desde que estuve en una selva tropical. -Conner dejó caer la mochila a los pies de Rio. Su voz era ronca, casi resoplando-. Mucho más desde que he estado en casa. Déjame ir. Te alcanzaré en el campamento base.



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