– Ssh, Cathy -advirtió otra voz-. Alguien lo oirá.

– No podemos llevarlo a casa con nosotros.

– No lo podemos dejar aquí -dijo la voz más profunda.

– De camino a casa, encontraré un contenedor -siseó la voz más alta-. No voy a quedarme con esta cosa fea.

– No seas ridícula, Cathy -dijo Ryan-, no podemos correr el riesgo de que nos atrapen. Lo llevaremos a casa y contrataremos a alguien para que le cuide. Nunca tendrás que verlo otra vez.

– Es tu culpa. Papá me advirtió que no me casara contigo. Dijo que tus genes no eran lo suficientemente fuertes para producir uno de los especiales. No quería quedarme embarazada y tener esa cosa creciendo en mi cuerpo, pero tú insististe en que tenía que llevarlo. Ahora ocúpate tú de él.

– Bien. Lo llamaré Jake como tu abuelo. -Había maldad en la voz de Ryan-. Tu padre nunca ha pensado que yo fuera lo bastante bueno para él, y no querrá que mi cachorro se llame como su padre en vez de como él.

– Llámalo como malditamente desees, sólo mantenlo lejos de mí.

El odio y el aborrecimiento en la voz fría, dieron al niño -recientemente llamado Jake Bannaconni-, escalofríos, pero se negó a llorar.


Dos Años

El zapato filosamente puntiagudo se clavó en el estómago de Jake y le hizo doblarse. Debería haber sido más rápido. Tenía reflejos. El «otro» le advirtió, pero había querido ser sostenido, había ido a buscarla. Ella era su madre después de todo. Las madres en la televisión y fuera de ella jugaban a sostener a sus hijos, pero ella le pateaba duramente, mientras chillaba a Agnes.

– Saca a este mocoso horrible de mi vista. Pequeña rata fea. -Cathy lo levantó por el brazo, lo balanceó en el aire y lo golpeó con su tacón aguja, aplastando el zapato en él una y otra vez, la cara, el vientre, la ingle, los muslos, dondequiera que pudiera aterrizar un golpe en su cuerpo que se retorcía. La rabia y el odio fundidos en su frío rostro.



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