
En el fondo, él sentía algo salvaje desplegarse, y los dedos de la mano se curvaron, al igual que los de los pies. El «otro» le siseó, avisándole. Tómalo. Déjala golpearte. Oculta lo que eres. Ella desea lo que tú eres. Ocúltate. Ocúltate. Él expulsó el fuego que se construía en su vientre y la picazón que le corría bajo la piel.
Las mamis no eran así en la televisión ni en las películas. No había mimos. No había abrazos y besos. Las bofetadas y las patadas eran todo lo que conseguiría de su madre. La miraba en televisión a veces, las fiestas y las recaudaciones de fondos. Parecía tan diferente, sonriendo para las cámaras, adhiriéndose al brazo de Ryan, acariciándole la cara como si le amara mucho, pero a puerta cerrada, había crueldad, odio y engaño mutuos. Con el tiempo, ellos le enseñaron a separar la realidad de la fantasía.
Cinco años
– No podemos mantener a una institutriz o como quieras que llames a esa mujer, que golpea a nuestro hijo. Apagó cigarrillos sobre él -se quejó Ryan-. Hay marcas de quemadura en las manos. Más pronto o más tarde uno de los tutores lo verá e informará.
Jake permanecía quieto, muy quieto. Había perfeccionado el arte de deslizarse en silencio en una habitación y escuchar la conversación. La mayor parte de lo que decían era sobre su cabeza, las discusiones acerca del negocio y la toma de posesión de compañías, pero comprendía la verdad básica que yacía en la base de cada reunión. El dinero era importante. El poder era importante. Ellos lo tenían y él lo necesitaba. Agnes no apagaba cigarrillos en él. Cathy lo hacía. Sus amantes lo hacían a veces, sólo para complacerla. Ella les podía hacer cualquier cosa que quisiera no importaba que cruel o humillante fuera. Los conocía por la vista, el olor y algún día los arruinaría. Dinero. Poder. Eso era lo que ellos tenían y él necesitaba.
