Todo lo archivaba, todo para un propósito. Un día, cuando el momento fuera correcto, iba a golpear a su padre en su propio juego. Tomaría cada una de sus compañías, las arruinaría financieramente, los expondría al mundo como lo que eran. Se aseguraría que supieran que el niño al que habían golpeado tan a menudo, creyéndole una víctima, era realmente el fuerte, realmente el depredador.


Trece años

Jake estaba de pie muy quieto mientras Josiah Trent, el mejor amigo de su padre y alguna vez socio, andaba alrededor de él, oliendo el aire. En el fondo, el «otro» reaccionó, rugiendo con rabia, arañando a Jake, más cerca de la superficie de lo que jamás había estado, demandando ser puesto en libertad. La piel picó. Los músculos dolieron. La mandíbula y el interior de su boca se sintieron pequeños, como si no hubiera sitio para los dientes, pero aguantó cruelmente, empujando al «otro» a permanecer quieto.

Su mente era fuerte y disciplinada ahora e instintivamente supo que estaba en más peligro de lo que lo había estado antes. Trent buscaba al «otro». Esos ojos agudos y esa nariz protuberante querían encontrar a la bestia que vivía dentro de Jake. La respiración de Cathy era desigual y ansiosa y su cuerpo parecía excitado mientras Trent andaba en círculos alrededor de Jake.

Jake había cometido un error, moviéndose rápido, saltando demasiado alto, mostrando sus emergentes habilidades antes que ocultarlas detrás de la fachada del gusano débil e empollón de libros como su madre siempre lo llamaba. Sabía que no les podía permitir jamás sospechar, pero ahora se había equivocado, habían traído a Trent, esperando que Jake fuera, después de todo, lo que ellos le habían criado para ser. Preferiría morir antes que permitirles saber la verdad. Eso les permitiría ganar.

Apretó los doloridos dientes y aguantó los pinchazos y empujones de Trent. El hombre era un gigante, con músculos poderosos y ojos deslumbrantes. Miraba a todos como si estuvieran debajo de él, especialmente Jake. Hizo un sonido de repugnancia.



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