que había cierto Platón


que nos enseñaba a amar;


que éste amaba el alma sola


y la virtud de lo amado.


PASCUALA: En materia habéis entrado


que, por ventura, acrisola


los caletres de los sabios


en sus cademias y escuelas.


LAURENCIA: Muy bien dice, y no te muelas


en persuadir sus agravios.


Da gracias, Mengo, a los cielos,


que te hicieron sin amor.


MENGO: ¿Amas tú?


LAURENCIA: Mi propio honor.


FRONDOSO: Dios te castigue con celos.


BARRILDO: ¿Quién gana?


PASCUALA: Con la qüistión


podéis ir al sacristán,


porque él o el cura os darán


bastante satisfacción.


Laurencia no quiere bien,


yo tengo poca experiencia.


¿Cómo daremos sentencia?


FRONDOSO: ¿Qué mayor que ese desdén?


Sale FLORES

FLORES: Dios guarde a la buena gente.


FRONDOSO: Éste es del comendador


crïado.


LAURENCIA: ¡Gentil azor!


¿De adónde bueno, pariente?


FLORES: ¿No me veis a lo soldado?


LAURENCIA: ¿Viene don Fernando acá?


FLORES: La guerra se acaba ya,


puesto que nos ha costado


alguna sangre y amigos.


FRONDOSO: Contadnos cómo pasó.


FLORES: ¿Quién lo dirá como yo,


siendo mis ojos testigos?


Para emprender la jornada


de esta ciudad, que ya tiene


nombre de Ciudad Real,


juntó el gallardo maestre


dos mil lucidos infantes


de sus vasallos valientes,


y trescientos de a caballo


de seglares y de freiles;


porque la cruz roja obliga


cuantos al pecho la tienen,



11 из 60