
La encontró en la biblioteca, una de las habitaciones favoritas de sus clientes. Con claraboyas en el techo y gruesas alfombras en el suelo de madera, era un lugar muy acogedor. Normalmente, los clientes se sentaban en los sofás de cuero. Pero Lexie, no.
Lo primero que vio fueron sus pies. Estaban desnudos y eran claramente pies de mujer, con las uñas pintadas de rojo caramelo; un rojo tan sexy que Cash tuvo que sonreír. Desde luego, aquella chica nunca querría saber nada de un tipo con camisa de franela.
Lexie estaba tumbada sobre la alfombra, con una manta bajo la cabeza. El jersey y los caros pantalones que llevaba parecían tan fuera de lugar allí como un jarrón de porcelana en un rodeo.
– ¿Te gusta tumbarte en el suelo? -preguntó Cash.
– Siempre me ha gustado leer en el suelo -sonrió ella-. ¿Me buscabas?
– Solo quería comprobar que estabas a gusto -contestó Cash. Su pulso se había acelerado solo con mirarla. Sus pequeños pechos desaparecían completamente en aquella postura, pero había algo en ella que despertaba sus hormonas. Cash no era ningún adolescente, pero había algo en Lexie Woolf que lo turbaba de una forma increíble.
– Estoy bien. Aunque me alegro de que hayas venido. Estaba preocupada por ti.
– ¿Por mí? -repitió Cash, dejándose caer en un sillón. La idea de que aquella ejecutiva diminuta se preocupase por él lo sorprendía.
– Sí -dijo Lexie, incorporándose un poco-. Elegí este sitio porque todo el mundo habla muy bien de él. Por lo que sé, hasta los ejecutivos más endurecidos salen de aquí sintiéndose como si fueran diez años más jóvenes.
– Una exageración -sonrió Cash-. Pero aquí tendrás experiencias que no puedes tener en una oficina, te lo aseguro.
Lexie asintió.
– He visto el programa y me gusta. Pero me temo que conmigo no va a funcionar. Y no quiero que te sientas culpable.
