– No pasa nada -dijo Lexie-. Aunque tu padre tiene razón. A algunas personas podría no gustarles contar estas cosas. Pero a mí no me importa. Mis padres murieron durante un robo. Fue horrible, pero entonces los Woolf me adoptaron y me quisieron tanto como mis propios padres.

– Vaya… -murmuró Sammy, metiéndose un enorme pedazo de tarta de chocolate en la boca, pensativo-. No te he preguntado solo por curiosidad. Estaba interesado porque yo también soy casi un huérfano, aunque no del todo. Nunca tuve padre, pero tampoco me ha hecho falta.

– ¿No?

– No. Porque tengo a Cash. Ningún padre podría ser mejor que Cash. Nosotros dos nos ayudamos en todo.

– Eso suena muy bien -sonrió Lexie.

– Sí. Está muy bien. Pero yo no puedo ser huérfano como tú, porque tengo madre. Aunque es un poco igual, porque tú perdiste a tu madre y la mía no me quiere. A veces llama y pregunta por mí, pero le doy igual. Creo que soy un problema para ella y…

Cash se levantó de la silla bruscamente.

– Pues yo sí te quiero, chico. De hecho, no podría llevar este sitio sin ti. ¿Te importa ayudarme en la oficina?

El niño se levantó como por un resorte. Siempre estaban un rato juntos antes de que Sammy se fuera a dormir, y Cash pensó que era el momento de dar por terminada una conversación tan… íntima. En realidad, habría matado a cualquiera que pudiera hacerle daño al crío. Y no se lo pensaría dos veces.

Pasó un rato haciendo los deberes con él, estudió el menú de la semana con Keegan y después, se encargó de la factura de Whitt, que se marchaba aquella noche.

Pero Lexie Woolf seguía en su cabeza. No se sentía especialmente atraído hacia ella. En absoluto. Pero Sammy sí parecía estarlo y él nunca hablaba con una mujer a la que no conocía. El niño estaba en la cama y, como era el primer día, era natural que fuera a comprobar si su cliente se encontraba a gusto. Pero Lexie no estaba en su habitación. Cash bajó al salón, donde los chicos estaban jugando al póker, pero ella tampoco estaba allí. Ni en el gimnasio, ni en el porche.



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