Los ojos de Lexie se llenaron de compasión.

– Está claro que os lleváis muy bien.

– Es mi sobrino, pero lo quiero como si fuera mi hijo. Lo he criado yo, en realidad -dijo él. Después, se quedó unos segundos pensativo-. Este sitio se ha convertido en una casa de hombres. Yo contrataría mujeres, pero no parece haber ninguna que quiera trabajar en medio de la montaña. Y tampoco suelen venir mujeres como clientes. Por eso quería hablar contigo. Sammy no está acostumbrado a tratar con chicas.

– Pues conmigo ha sido un cielo.

– Sí, ya lo he visto. Pero él no confía mucho en las mujeres a causa de su madre y cuando lo vi hablando contigo durante la cena…

– ¿Te preocupaste?

– No es que me preocupase, pero me pareció raro. Solo te estoy pidiendo que tengas cuidado. Sammy se porta como si fuera un tipo duro, pero solo es un niño.

– Me alegro de que me lo digas. Aunque yo jamás le haría daño a un niño -murmuró Lexie, apartando la mirada.

– Perdona. No quería herir tus sentimientos. Keegan dice que a veces soy tan sutil como un martillo pilón.

– No te preocupes. Yo habría hecho lo mismo que tú -dijo ella entonces, mirando su reloj-. Vaya, son casi las doce.

Lexie se levantó y se agachó de repente, Cash suponía que para buscar sus zapatos. Pero cuando se levantó del sillón la había perdido de vista. No tenía ni idea de cómo el libro había salido volando por los aires, ni cómo, de repente, ella lo golpeó en el pecho con la cabeza, haciendo que los dos perdieran el equilibrio.

La sujetó instintivamente y cuando Lexie levantó la cara, estaba muerta de risa.

– Lo siento. ¿Te había dicho que soy muy torpe?

– No te preocupes… -empezó a decir él. Lexie había vuelto a inclinarse para tomar el libro y estuvo a punto de golpearlo con el codo en la entrepierna. Sorprendido, Cash sujetó su brazo y lo apartó unos centímetros-. ¿Por qué no dejas que lo haga yo? No te muevas.



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