
– ¿Te doy miedo?
– Me parece que tienes un potencial increíble como arma letal.
Lexie soltó una carcajada. Pero cuando dejó de reírse, Cash se percató del silencio que había en la habitación, de que estaban solos, de su perfume… Era un aroma suave, exótico, un aroma que no conocía.
Ella lo miraba con la cabeza inclinada a un lado, los labios entreabiertos y aquellos ojos color chocolate fijos en los suyos.
Cash tuvo la idea loca de que ella quería besarlo. O ser besada. Por él.
Aquella sensación lunática fue seguida de otra. Él también deseaba besarla. Quería besarla como no había querido besar nunca a una mujer.
Quería besarla como para decirle que la había estado esperando siempre, que no sabía si iba a encontrarla, que no sabía si existía.
No recordaba haber tenido una sensación así con otra mujer. Naturalmente, se recuperó pronto. Y se movió. Tenía que moverse.
– Puedes encontrar el camino a tu habitación, ¿verdad?
– Aún no he memorizado toda la casa, pero creo que sí.
– Nos veremos por la mañana.
– Encenderé las luces y…
De nuevo, ella se volvió, tan rápido que sus letales codos estuvieron a punto de clavarse en sus costillas.
– Yo lo haré. No te preocupes.
– ¿Te he…?
– No, no me has hecho daño. Es que no quiero que camines a oscuras.
Pero estaba mintiendo. Lexie Woolf podría hacerle mucho daño. Cash no sabría explicarse a sí mismo qué lo había hecho experimentar aquella sensación de ternura un minuto antes, pero él no solía responder de esa forma ante una mujer. Algo en Lexie Woolf era diferente.
Y muy preocupante.
Capítulo 3
A las 6:29, Lexie sacó la mano de entre las mantas y esperó. Cuando el despertador empezó a sonar a las 6:30, lo aplastó con furia. Estaba acostumbrada al insomnio, acostumbrada a dormir apenas un par de horas. Y también estaba acostumbrada a levantarse a las cuatro de la madrugada. Pero no estaba acostumbrada a soñar con extraños.
