– Un momento, Jerónimo -protestó Lexie-. No hay ningún puente.

– Eso es. Tendréis que usar lo que encontréis en la naturaleza para llegar al otro lado.

Slim y ella se dirigieron al arroyo. El agua era tan cristalina que podían ver el fondo, y de una orilla a otra no podía haber más de tres metros, pero era imposible saltar. Y cruzar a nado estaba fuera de la cuestión.

El señor Farraday se colocó a su lado.

– Cash siempre nos pone frente a problemas que parecen insolubles, pero cada mañana encontramos la manera de resolverlos.

– Y este también lo vamos a resolver -dijo Lexie, segura de sí misma. Había ganado su primer millón antes de cumplir veintidós años, ¿no? Eso era mucho más difícil que cruzar un arroyuelo de nada.

– Sé que podemos hacerlo, pero ¿cómo?

– Pues… -Lexie se subió las mangas de la camisa, emocionada. Los retos siempre le habían gustado. Inexplicablemente, se sentía segura cuando aceptaba algo que parecía imposible-. Tengo una idea. ¿Por qué no buscamos ramas grandes? Las colocaremos sobre el arroyo y pasaremos por encima. ¿Qué te parece?

– Muy bien, compañera -sonrió el hombre.


Cash escuchó un grito y echó a correr, sabiendo muy bien quién lo había emitido.

Después de atravesar los árboles a la carrera, se encontró con Lexie sentada de culo en el arroyo, empapada hasta el cuello.

Había creído que no fallaría con un ejercicio tan fácil. La única forma de cruzarlo era construir un puente con ramas y lo habían hecho. Y Slim Farraday, incluso con su artrosis, había conseguido llegar al otro lado.

Pero la torpe de Lexie estaba en el agua.

– ¡Ayúdame! ¡Me voy a morir de frío! ¡No puedo moverme…!

– No te vas a morir y el agua no está tan fría -la interrumpió Cash, tomándola del brazo. Para ser una rata mojada, una rata diminuta, pesaba una tonelada. Y, cuando ella se agarró a su cuello, estuvieron a punto de caer al agua los dos.



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