
– Lo siento, no hay café.
– ¿Cómo que no hay café?
Keegan señaló la bandeja.
– He preparado una bebida energética para todos. Te despertará como el café, pero sin los efectos negativos. Confía en mí, te va a encantar.
La bebida energética de Keegan sabía a aceite de ricino. Y no tenía cafeína. La mesa del desayuno estaba llena de bandejas, pero en ellas solo había cereales y frutas. Ni huevos, ni bacón, ni tostadas con mantequilla, nada que tuviera colesterol. Diez minutos después, todos salían por la puerta y a Lexie le sonaban las tripas.
No le gustaba la naturaleza, pero incluso una chica de ciudad como ella tenía que disfrutar de aquella hermosa mañana. El lago brillaba como la plata bajo el sol, una ligera bruma bailaba entre los árboles y el aroma a pinos era tan fuerte que parecía un perfume. Las ardillas correteaban por el camino y un ciervo pasó tan cerca que estuvo a punto de chocarse contra un árbol por mirarlo. Y el cielo era de un azul tan bello que Lexie no podía creerlo.
Y lo mejor era observar a Cash. Estaban subiendo una pendiente que casi la dejó sin oxígeno, pero seguía sintiendo la conexión que había nacido entre ellos la noche anterior.
No la había besado… pero había querido hacerlo. Ella no lo había besado, pero también había querido hacerlo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que sintió algo así por un extraño… especialmente, por un extraño como Cash McKay.
En aquel momento, él estaba colocando al grupo en círculo.
– Muy bien… Lexie, tú eres nueva, pero debes saber que empezamos de la misma forma todas las mañanas. Tenemos que emparejarnos y resolver un problema. Yo me quedo con Stuart y tú, con Slim -explicó Cash. Lexie sonrió. Cualquier cosa que el pequeño Slim pudiera hacer, también podría hacerla ella-. Muy bien. ¿Veis el arroyo más allá de esos pinos? Tenéis media hora para llegar a la otra orilla.
