Quizás aquel ataque de ansiedad era justificado, pensó entonces. Además de su constante preocupación por el índice de bolsa Dow Jones, para ella una estancia en el campo era peor que tomar jarabe de ricino.

La avioneta rodó sobre la hierba, dio un par de botes y volvió a rodar hasta quedar parada. Frente a ella no había nada, excepto pinos y montañas. Ni edificios, ni teléfonos, ni asfalto… nada familiar.

El piloto, Jed Harper, apagó el motor y abrió la puerta de la avioneta con una sonrisa en los labios.

– Usted no se preocupe de nada, señorita Woolf. Será una persona nueva dentro de un mes, se lo garantizo. Y… ah, mire, ahí llega Cash. Le va a encantar. Como a todas las mujeres.

Lexie salió de la avioneta. No había ido allí para conocer a nadie. Solo había ido para librarse de sus ataques de ansiedad. Sin embargo, el aire tan puro, el aroma a… naturaleza, hacían que su estómago se encogiera. A aquella altura, el aire era tan limpio que le dolían los pulmones. ¿Cómo iba a respirar sin polución? No estaba acostumbrada. ¿Dónde estaba el reconfortante monóxido de carbono, el olor a gasolina? ¿Dónde estaban los grandes almacenes?

– Hola, Jed. La estábamos esperando, Alexandra. Bienvenida a la montaña Silver.

Lexie estaba tan distraída con el paisaje, que no le prestó atención al hombre con voz de tenor. Había pagado una pequeña fortuna por pasar allí un mes, de modo que sería culpa suya si se ahogaba con tanto oxígeno.

– Gracias, señor McKay… Cash. Y no me llames Alexandra, llámame Lexie…

Lexie no pudo terminar la frase. Sabía que el hombre con el que estaba hablando era Cash McKay, el propietario del refugio. Había reconocido su voz por las conversaciones telefónicas, pero pensó que sería un tipo feo y viejo.

El sol le impedía ver su cara, pero cuando se acercó, se dio cuenta de dos cosas: la primera, que estaba frente al hombre Marlboro en carne y hueso… sin cigarrillo. Aquel tipo era guapísimo; alto, musculoso, con los ojos azules y… «estaba para comérselo». Y la segunda, que estaba colocada en una pendiente y la mano que había alargado para estrechar la del hombre estaba peligrosamente cerca de la entrepierna del «bombón».



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