Lexie levantó la mano hasta una altura apropiada y Cash la estrechó, sonriendo. Ella se había resignado a un mes de tortura, pero ver a Cash McKay de vez en cuando iba a aliviar gratamente sus sufrimientos.

– Lexie… -repitió él, con una sonrisa. Pero ella se dio cuenta de que no le había causado demasiado efecto. Quizá no le gustaban las morenas de pelo corto y piel pálida-. Me alegro de conocerte en persona. Espero que te guste la montaña. Jed, ¿quieres subir a tomar un té?

– Claro. ¿Dónde está mi mocoso favorito?

– Sammy está en el colegio, pero llegará a casa dentro de una hora -sonrió Cash.

– ¿Sammy? -repitió Lexie.

– Mi hijo. En realidad, es mi sobrino, pero yo lo considero mi hijo. Lo conocerás durante la cena, si no antes… aunque es un poco vergonzoso con las mujeres -explicó Cash, sonriendo. Lexie se quedó alelada mirando aquella sonrisa de cine. Jed sacó dos de sus maletas de la avioneta y él sacó otras tres. Ninguno de los dos hombres hizo comentario alguno sobre la enorme cantidad de equipaje-. ¿Alguna cosa más, Lexie?

– Eso es todo -contestó ella, pensando en eso del sobrino-hijo. Pero, mientras lo pensaba, se tropezó con una raíz. No tenía mucha importancia porque Lexie estaba acostumbrada a tropezarse continuamente, pero debía cambiar sus sandalias italianas por algo más cómodo. Cuando llevaban caminando unos metros, empezó a faltarle la respiración-. No estoy acostumbrada a hacer ejercicio.

– Nadie lo está la primera vez que llega aquí. Para eso vienen. Para olvidarse del estrés de la gran ciudad, ¿no es así?

– Sí -contestó ella. Aunque nadie le había advertido que tendría que respirar un aire tan exageradamente limpio.

– Aunque no estés acostumbrada al campo, esto te gustará. Aquí no hay reuniones, ni presión…



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