– Me metí en la cama a las ocho y media. Es demasiado pronto para un chico tan mayor como yo, pero Cash dice que tengo que hacerlo y que así es la vida -explicó el niño con toda naturalidad.

Lexie sentía una afinidad tremenda con aquel crío, una especie de sexto sentido que la unía al pequeño huérfano.

– ¿No podías dormir?

– No es eso -contestó Sammy, sin dejar de acariciar a Martha-. Es que no me gusta dormir.

– ¿Por qué? ¿Te preocupa algo?

– Pues sí -murmuró el niño, apartando la mirada-. No me gusta dormir porque a veces me pasa una cosa. Y no lo puedo evitar. Así que estoy despierto todo lo posible.

Lexie entendió inmediatamente y su corazón se llenó de simpatía.

– De pequeña, yo me hacía pipí en la cama a veces -le dijo-. Pero no se lo cuentes a nadie, ¿vale? Me daba mucha vergüenza. Solo me pasó durante un año, después de perder a mis padres. Pensé que mis padres adoptivos iban a devolverme por eso, pero a ellos no les importaba. Y, entonces, el problema desapareció.

– ¿Eso es verdad o te lo estás inventando?

– Es verdad.

Sammy acarició el vientre de la perrita durante unos segundos, pensativo.

– Cash me llevó al médico. No de esos que te ponen inyecciones, sino de los que hablas con ellos. Dijo que yo estaba triste porque mi madre no me quería, pero no es verdad.

– ¿No?

– Me da igual que no me quiera. Y Cash dice que no le importa. Las sábanas se lavan y ya está. Pero a mí no me gusta -explicó el niño-. Ya no me pasa tanto, pero de todas formas… no le digas a Cash que estoy levantado tan tarde, ¿vale?

– ¿Tengo pinta de soplona?

– No tienes pinta de soplona, pero eres una chica.

– ¿Eso es un insulto o un cumplido?

Sammy no parecía inclinado a contestar esa pregunta.

– Has durado un día entero. Pensé que no ibas a aguantar.

Lexie tampoco lo había creído. Pero después de acompañar al niño y la perrita a su habitación, volvió a quedarse mirando el techo, más agitada que nunca. Ella no solía tratar con niños… y mucho menos con niños que capturasen su corazón.



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