Quizá el aire de Idaho tenía alguna droga, pensó. Una droga invisible y muy potente. Una droga adictiva que afectaba al cerebro. Había muchas excusas para haberse comportado como una retrasada mental. El problema era encontrar una que fuera creíble…

En ese momento, volvió a escuchar el ruido. Como si alguien estuviera rascando la puerta.

Exasperada, se levantó y caminó descalza por el suelo de madera para poner la oreja. Allí estaba el ruido de nuevo. Lexie abrió la puerta un poco y una nariz mojada se frotó contra sus piernas. Un segundo después, un perro rubio saltaba alegremente sobre su cama.

Cuando encendió la luz, descubrió que era una hembra de raza golden retrievery preñada.

– ¿De dónde sales tú? ¿Y quién te ha dicho que puedes dormir en mi cama? -sonrió Lexie. La perrita empezó a mover la cola a cien por hora-. Si ni siquiera nos conocemos. Mira, yo no duermo con hombres desconocidos y mucho menos con perros que no me han presentado -siguió diciendo, mientras acariciaba al animal-. Me pregunto por qué me has elegido precisamente a mí… ah, ya lo entiendo. Somos las únicas chicas en esta casa. Bueno, puedo dejarte un trocito de cama, pero no te enfades si me doy la vuelta de golpe. Además, ¿y si te buscan y no te encuentran?

En ese momento, escuchó unos pasos y otra nariz asomó en su habitación.

– Perdona, Lexie… ah, ahí estás Martha. Llevo media hora buscándote.

– ¿Es tuya?

– Sí -contestó Sammy, saltando sobre la cama-. Cash me la regaló porque iba a tener cachorros y no la quería nadie. Y le dijo a Keegan que sería una buena oportunidad de que yo viera una mamá que quiere a sus niños. No todas las madres abandonan a sus hijos, ¿sabes?

– Lo sé -murmuró Lexie, con un nudo en la garganta-. ¿Siempre te acuestas tan tarde?



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