Lexie conocía las razones por las que había ido allí, de modo que no tenía por qué escucharlo. Además, podría haber estado mirando su espalda durante todo el día.

Durante años, había elegido a sus novios con el mismo cuidado con el que elegía sus acciones, estudiando los pros y los contras, la posible duración, el valor a largo plazo. Su método de análisis funcionaba estupendamente en la bolsa, pero con los hombres… Lexie había renunciado temporalmente a jugar con algo tan arriesgado.

Como le había dicho a su amiga Blair, los vibradores eran mucho menos exigentes.

Pero eso no significaba que no le gustase mirar. En una escala de 0 a 10, Cash McKay era un diez en lo que se refería a traseros. Y a Lexie siempre le habían gustado mucho los traseros masculinos. Los vaqueros le quedaban como si se los hubiera hecho a medida. Tenía el pelo corto, de un color entre castaño y caramelo, y su piel bronceada contrastaba con sus brillantes ojos azules. Era un hombre, hombre, con mandíbula cuadrada, nariz recta y… aquel trasero del que Lexie no podía apartar la mirada.

– Estamos llegando. La casa está a unos metros.

– Muy bien -suspiró Lexie, sin dejar de mirar el objeto de sus simpatías. Unos segundos después, una cabaña de madera apareció ante sus ojos. Una cabaña enorme de tres pisos, con un porche que la rodeaba completamente. Lexie subió los escalones, tropezándose en uno de ellos, y entró en la casa.

Aquel sitio parecía el decorado de una película del oeste. En el vestíbulo había una escalera estilo Lo que el viento se llevó y a la derecha, un enorme salón, con una chimenea de piedra y sillones de cuero. Las ventanas eran muy altas y el suelo de madera estaba cubierto de alfombras. En una esquina, una mesa de billar y un piano.

Un sitio muy acogedor.

– Aquí es donde solemos pasar las tardes -explicó Cash, indicándole que lo siguiera-.



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