
– Claro. No estamos en la luna. Jed viene con la avioneta un par de veces por semana y en mi cuarto hay radio, teléfono y ordenador. ¿Quieres ver tu habitación? -preguntó Cash, antes de quitarle todos sus juguetes. Incluso le quitó el reproductor de discos compactos. De un tirón-. La cocina está por aquí -siguió diciendo Cash, mientras la acompañaba por el pasillo-. También hay un gimnasio, una sala de masajes y un jacuzzi. Bubba es el masajista. Lo conocerás mañana. Esta noche conocerás a Keegan, el cocinero, y a George, que se encarga de la limpieza. Si sales de la casa, díselo a alguien. O deja una nota en la cocina. No queremos que te pierdas…
Cuantas más cosas le contaba sobre aquel sitio, más asustada estaba Lexie. Quizá aquello había sido un error, aunque en Chicago, le había parecido una idea estupenda. Ella era una trabajadora compulsiva y había tenido que elegir un sitio en el que, sencillamente, no podría trabajar. Pero no había imaginado que fuera un sitio en el que podría haber osos. Y en el que no había grandes almacenes.
– Hemos llegado -dijo Cash entrando en una habitación-. El cuarto de baño es esa puerta. La cena se sirve a las siete, de modo que tienes tiempo de descansar y dar una vuelta. Si quieres algo antes de…
– No, estoy bien.
– ¿Ninguna pregunta? ¿Te gusta la habitación?
– Me encanta -sonrió ella, mirando la cama con dosel, la cómoda de cerezo y el edredón de colores. En aquella cama podrían dormir tres personas.
Las ventanas en su apartamento de Chicago, su apartamento de dos mil dólares al mes, daban a otro edificio. Pero allí solo había montañas y montañas. Y montañas. En realidad, era tan precioso como una postal. Pero Lexie se preguntaba si podría estar allí más de veinticuatro horas.
– ¿Lexie?
Cuando Cash puso la mano en su hombro, ella se volvió con el instinto de una mujer de ciudad que desconfía de los extraños. Cash apartó la mano, pero la calidez de sus ojos azules la sorprendió.
