
El intruso saltó hacia adelante dentro de la cabina y trató de escapar por la puerta del pasajero, pero yo corrí por el suelo y lo intercepté.
– ¿Qué demonios está haciendo? -grité. Me lanzó un fuerte puntapié que me obligó a retroceder por unos instantes.
Insensatamente, traté de subir al estribo para ir tras él. La figura de negro alcanzó a tirar de una manta para caballos y la arrojó sobre mí, mientras yo intentaba subir. Caí sobre un montón de objetos que estaba en el piso de asfalto. El hombre de la máscara negra saltó sobre el asiento del conductor, quitó el seguro de la puerta de ese lado, brincó al suelo y corrió entre las sombras. Me levanté disgustado, mientras lograba zafarme de la manta y me abotonaba el impermeable, tratando en vano de localizar los sonidos de las pisadas que se alejaban.
Todo esto no tenía sentido. No había nada en el camión que valiera la pena robar, salvo, tal vez, el radio o el teléfono, pero la figura de negro tampoco parecía estar asaltando. En realidad no parecía estar haciendo nada en particular, sólo estaba parado en la cabina con la espalda vuelta hacía mí. Había polvo y huellas de suciedad en su ropa. Por lo que podía recordar, el hombre no llevaba ninguna herramienta, ni siquiera una linterna. Si había abierto la puerta de mozos de espuela con una llave o algún otro instrumento, tenía que habérselo guardado en el bolsillo. La cerradura de esa puerta se encontraba en la manija. Sin embargo, no había ninguna llave en la cerradura ni señales de violencia o de que hubiera tratado de forzarla.
Muerto de frío y enojado, arrojé la manta en la cabina, volví a cerrar la puerta de mozos de espuela y las dos puertas delanteras y regresé a la casa a buscar las llaves para asegurarlas de nuevo.
