
El jefe, al final, hizo exactamente eso, aunque desde mi habitación alcanzaba a ver con toda claridad el camión estacionado bajo las luces. Dejé abiertas las cortinas y me desperté varias veces debido a la brillantez externa poco común. Cerca de las tres de la mañana, mi sueño se vio perturbado repentinamente por un destello de luz que se movía por el techo.
Descalzo y vestido con pantaloncillos cortos para dormir, me levanté y fui a la ventana, temblando de frío. Nada parecía haber cambiado a primera vista. Me encogí de hombros y di media vuelta para regresar a la cama. Entonces me detuve, alarmado.
La puerta de los mozos de cuadra, por la que poco antes habíamos subido al camión, estaba entreabierta, no bien cerrada como yo la había dejado. Observé atentamente, pero no había lugar a equivocación. El destello de luz que vi tenía que ser un reflejo de la ventanilla, ya que la puerta se hallaba abierta.
Sin importar mi vestimenta, corrí escaleras abajo y me dirigí a la puerta trasera, la abrí, me puse con rapidez unas botas de goma y tomé un impermeable viejo que estaba colgado de la percha. Al tiempo que trataba de meter los brazos en las mangas, corrí por el asfalto y abrí la puerta de par en par.
Adentro había una silueta vestida de negro. Se sorprendió tanto de verme como yo a él. Al principio estaba de espaldas hacia mí; entonces, cuando giró con una exclamación feroz, que sonó más a una explosión de aliento que se le escapaba que a una verdadera palabra, alcance a ver que llevaba la cabeza cubierta con una capucha negra, los ojos brillaban a través de los agujeros.
