
– ¿Qué es? ¿Los Gilchrist te han mandado un recuerdo?
– Algo así -respondió, incapaz de definir lo que habían hecho los Gilchrist.
Vickie agarró la pulsera de su mano.
– Oh, es preciosa. Han empezado tu colección con un pequeño corazón… Parece que tiene algo grabado -dijo, acercándola a la luz-. Tengo que graduarme la vista, pero creo que dice… «Olvida y sonríe» -frunció el ceño-. ¿Qué significa?
– Es una cita de Christina Rossetti -explicó Jacqui, anonadada-. «Es mejor olvidarse y sonreír que recordar y estremecerse».
– Oh. Entiendo… Bueno, tal vez sea un buen consejo.
– Sí -se limitó a decir Jacqui.
– Sé lo doloroso que es perderla. Jacqui. Ella nunca te olvidará. Ni todo lo que hiciste por ella.
Jacqui sabía exactamente lo que había hecho. Por eso mismo nunca volvería a correr el riesgo.
– ¿Quieres que te la ponga? -le sugirió Vickie.
Jacqui permitió que le abrochara la cadena alrededor de la muñeca, porque habría parecido muy extraño que rechazara la pulsera junto a la tarjeta.
– Bueno -dijo, carraspeando-. Si eso es todo, será mejor que me vaya.
– No tan deprisa. Tu vuelo no sale hasta dentro de unas horas -replicó Vickie con una sonrisa alentadora-. Y viendo con qué clase de compañía barata vas a volar y de qué aeropuerto perdido vas a salir, no hay duda de que necesitas el dinero. Hace meses que no trabajas.
– Hace meses que no trabajo para ti -corrigió Jacqui-. He estado trabajando como secretaria en una oficina muy agradable. Con un horario normal y un sueldo decente.
Vickie puso los ojos en blanco. Su expresión era de absoluta incredulidad. De acuerdo, tal vez «agradable» fuera decir demasiado.
– Me han pedido que me quede -siguió Jacqui-. Como empleada fija.
– No tendrás ni que molestarte -dijo Vickie, ignorando el comentario por completo.
Jacqui se desenvolvía muy bien en los empleos temporales haciendo los trabajos aburridos y rutinarios que nadie quería. A ella tampoco le gustaban, pero era su penitencia particular. Sin embargo, sus seis meses de autoflagelación no habían ayudado.
