
Iba a tener que intentar otra cosa y tal vez su familia tuviera razón: un par de semanas en soledad, sin ninguna presión, le dieran tiempo para decidir lo que quería hacer con el resto de su vida.
– Vas a pasar por la casa -insistió Vickie, obligándola a concentrarse en el problema inmediato. Era una mujer muy pertinaz, pero por algo había conseguido atraer a una clientela exclusiva.
– ¿La carretera cruza Littie Hinton?
– Bueno, no la cruza exactamente -admitió Vickie-. Pero es sólo un pequeño desvío. El pueblo está a menos de nueve kilómetros de la salida más cercana.
– ¿Nueve kilómetros? ¿En línea recta?
– Diez como mucho. Puedo mostrártelo en el mapa si quieres.
– Gracias, pero no.
– Está bien, está bien. Seré sincera contigo. Selina Talbot llegará en cualquier momento, y pueden pasar horas hasta que pueda encontrar a alguien que haga este trabajo.
– Si te metes en el juego de las mentiras, Vickie, deberías tener siempre un plan de emergencia.
– Por favor. Sólo es un trabajo de nada, y seguro que no querrás dejar a una niña pequeña llorando en mi oficina, ¿verdad?
Jacqui se apretó la cadena hasta clavársela dolorosamente en la muñeca.
– Podría vivir con ello -dijo-. Que tú puedas o no es otro asunto.
– Por favor, Jacqui. Tengo mucho que hacer. Reuniones, entrevistas…
– Y una oficina llena de tu propio personal.
– Todos están ocupados en labores esenciales. Sólo tienes que dejar a Maisie en casa de su abuela y luego podrás pasar tus dos semanas al sol, sin pensar en cómo los demás nos quedamos trabajando como esclavos con frío y lluvia.
– ¿Crees que puedes hacerme sentir culpable? -le preguntó Jacqui.
Las vacaciones no habían sido idea suya. Había sido su familia la que había insistido en que necesitaba un descanso. Y ella no tenía más que mirarse al espejo cada mañana para reconocerlo.
