
Como buena chica de ciudad, Jacqui estuvo a punto de preguntarle qué demonios le importaba eso, pero se contuvo. En los pueblos todo el mundo se consideraba con derecho de conocer los asuntos ajenos. Y además, necesitaba las indicaciones.
– Sí, me están esperando.
– Oh, bueno, entonces no hay problema. ¿Podría llevarles el correo por mí?
Sin esperar respuesta, la mujer le tendió una bolsa llena de cartas.
– De acuerdo -aceptó Jacqui-. Y ahora, si puede indicarme el camino, por favor… Tengo un poco de prisa.
– La gente de ciudad siempre con tantas prisas… Pero no puede correr por esos caminos. Nunca se sabe lo que se puede encontrar ahí arriba. Una vez vi una llama… -la sacó de la tienda y apuntó hacia la derecha-. Es muy fácil. Siga recto por ahí, tome el primer desvío a la izquierda pasando la escuela y siga el camino hasta alcanzar la cima. Es la única casa que hay. No tiene pérdida.
– Muchas gracias. Me ha sido de gran ayuda.
– Tenga cuidado. Hoy hay mucha niebla y ese camino está lleno de baches -miró dubitativa el VW y vio a Maisie sentada en el asiento trasero-. ¿Ésa es…? Oh, sí. Su madre era igual a su edad. Siempre iba vestida como una princesita oliendo a rosas.
– Gracias por las indicaciones y sus consejos -dijo Jacqui-. Tendré cuidado con los baches y con las llamas.
El consejo de la mujer no era para ser desoído. Con los dientes apretados y aferrando con fuerza el volante. Jacqui se esforzaba por avanzar lentamente entre la niebla y los peligrosos baches del camino ascendente.
– Ya casi estamos -se murmuró a sí misma para darse ánimos. Maisie parecía ajena a los tumbos y sacudidas, imperturbable como una duquesa.
Mucho más tranquila que Jacqui cuando el coche pasó por un profundo bache lleno de agua, derramándola a ambos lados del camino. Genial. Un tubo de escape roto era lo último que necesitaba. El suplicio continuó durante un kilómetro, aumentando la tensión en sus hombros. Finalmente, cuando empezaba a pensar que había dejado atrás la casa o que se había desviado del camino correcto, una vieja verja le bloqueó el paso. Parecía que no había sido abierta en años. Sobre ella había dos letreros. Uno era tan viejo que apenas podía leerse «High Tops», pero el otro era bastante nuevo y su mensaje estaba muy claro: «Prohibido el paso».
