– Ya estamos muy cerca, Maisie -dijo un rato después, al tomar la salida con el cartel de Littie Hinton.

– No, no estamos cerca -replicó Maisie sin molestarse en levantar la mirada. Al menos era un cambio agradable al habitual: «¿Hemos llegado ya? ¿Hemos llegado ya? ¿Hemos llegado ya?».

Pero no había nada habitual en Maisie Talbot. Por desgracia, la niña no se equivocaba. El pueblo quedaba a bastante más de diez kilómetros de la carretera, pero fue bastante fácil encontrarlo. Era una aldea minúscula, con una tienda, una oficina de correos, un pub, un garaje y una pequeña escuela en cuyo patio había un grupo de niñas saltando a la comba. Unas cuantas casas se apretaban en tomo a una extensión de hierba que hacía las veces de terreno comunal. En menos de cinco minutos Jacqui había comprobado que High Tops no estaba entre ellas. El pueblo estaba situado en un pequeño valle, tras el cual se elevaba una sierra casi oculta por las nubes bajas. No hacía falta ser un genio para imaginarse dónde estaría una casa llamada High Tops.

– Un pequeño desvío… -masculló Jacqui-. Olvídate de la postal, Vickie Campbell.

– Te dije que no estábamos cerca -le recordó Maisie.

– Cierto, me lo dijiste.

– Está a muchos kilómetros. Allí arriba -añadió la niña, apuntando en dirección a las colinas cubiertas de niebla.

– Gracias, Maisie. Por favor, no te muevas mientras salgo a preguntar.

– Yo conozco el camino. Te lo he dicho. Está allí arriba.

– Estupendo. Enseguida vuelvo.

La niña se encogió de hombros y volvió a colocarse los auriculares mientras Jacqui salía del coche.

– ¿High Tops? ¿Se dirige usted a High Tops? -le preguntó la dependienta de la tienda, con una expresión de incertidumbre nada reconfortante.

– ¿Podría indicarme el camino? -insistió Jacqui.

– ¿La están esperando?



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