
Habría sido una exageración vestirse de negro por un hombre al que no conocía, pero llevaba un traje de lino azul oscuro, adornado únicamente por un broche de plata. Como hacía mucho calor, se quitó la chaqueta y bajó al vestíbulo del hotel.
Se alegró al ver que la sala donde tendría lugar la recepción estaba llena de gente; así podría pasar más o menos desapercibida.
Isidoro le hizo señas con la mano.
– Los que te miran desde la esquina son los parientes de Enrico.
– ¿También están enfadados conmigo?
– Por supuesto. Ellos esperaban heredar más.
– Así que voy a recibir disparos por ambas partes -suspiró Alex.
– Esto es Italia -sonrió Isidoro-. La cuna de las peleas de sangre. Cuidado… aquí vienen.
Dos hombres y una mujer se acercaron para saludarla, no abiertamente agresivos, pero sí cautos. El mayor le dijo que «tenían asuntos que discutir».
Alex asintió y el grupo se dio la vuelta. Pero tras ellos había un hombre muy alto de mediana edad que se presentó como Leo Montelli y le dijo que «cuanto antes hablasen, mejor».
Después de él llegó el propietario de una finca que lindaba con la granja de Farnese y luego el director de un banco.
Una cosa estaba clara: todo el mundo sabía quién era y por qué estaba allí.
Y quien mejor lo sabía era Rinaldo Farnese, que la estudiaba atentamente. Su rostro era inescrutable, pero Alex tuvo la impresión de que estaba tomando notas sobre ella.
– Isidoro, me voy. No me encuentro cómoda.
– ¿Quieres que prepare una entrevista con los Farnese?
– Sí, bueno… como quieras. Pero yo me voy.
– Espera, parece que Rinaldo quiere hablar contigo -murmuró Isidoro entonces.
– Quiero que se vaya. No debería estar aquí -dijo él a modo de saludo.
