– Y supongo que no habrá sido una sorpresa muy agradable. Me extraña que quiera saludarme.

– No es culpa suya. Pero tenemos que hablar.

– Sí, tenemos que hablar -asintió ella-. ¿He hecho mal viniendo al funeral de su padre? Quizá no debería… pero lo he hecho con la mejor intención.

– Sí, ha hecho mal -dijo una voz entonces-. ¿Por qué ha venido?

– Rinaldo, por favor -murmuró Gino.

– No, tiene razón -se apresuró a decir Alex-. Ha sido un error. Es mejor que me vaya.

– Pero hemos organizado una recepción en el hotel Favello. Enrico era el mejor amigo de mi padre y usted es su sobrina. Tiene que venir.

– No sé si debo.

Rinaldo la fulminó con la mirada antes de alejarse.

– El hotel no está lejos. Venga conmigo -suspiró Gino.

– No hace falta, me alojo allí. Nos veremos en la recepción.

– Muy bien.

Alex dejó escapar un suspiro cuando el joven se reunió con su hermano.

– ¿Vienes conmigo a la recepción, Isidoro?

– Si vas a meterte en la boca del lobo tendré que acompañarte -dijo el hombre, resignado.

– Vincente Farnese tenía muchos amigos, ¿no?

– Sí, era un hombre muy querido. Pero en la recepción también habrá buitres esperando quedarse con un pedazo de la herencia. Cuidado con un hombre que se llama Montelli. No tiene escrúpulos y si Rinaldo te ve hablando con él…

– ¿Qué? -lo interrumpió Alex-. Tengo la impresión de que ese hombre se enfadará conmigo haga lo que haga. ¿Has visto cómo me ha mirado?

– Sí, lo he visto. Por eso te advierto.

El hotel era un edificio renacentista que había pertenecido a la familia Favello durante siglos y que, a pesar de haber sido convertido en hotel de lujo, seguía manteniendo ese aire de casona antigua.

Alex subió a su habitación con intención de darse una ducha. El mes de junio en Florencia era más caluroso que el de agosto en Londres y se sentía incómoda y pegajosa. Pero no podía ducharse si quería llegar a tiempo a la recepción. De modo que se arregló un poco el maquillaje y se contempló en el espejo. Estaba inmaculada, como siempre.



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