– No soy conocido por mi don de gentes -asintió él, burlón.

– ¿No me diga?

– ¿Piensa desconcertarme con esas ironías? No se moleste.

– Tiene razón. A usted la opinión de los demás le da completamente igual. Y seguro que la grosería tiene sus ventajas -replicó Alex-. Además, ¿puedo recordarle que asistí a la recepción por invitación de su hermano? No fue idea mía y, de haber sabido que ésa iba a ser su reacción, no habría aparecido por allí.

A pesar de su enfado, Alex sentía curiosidad por aquel hombre. En comparación con su refinado prometido, Rinaldo Farnese era como un animal salvaje, alguien que a duras penas podía controlar su temperamento.

Pensó entonces en David, que nunca hacía nada que no hubiese planeado de antemano. No podía imaginarlo perdiendo el control. Y estaba segura de que Rinaldo lo perdía con facilidad.

Extrañamente, eso no la asustaba, sino todo lo contrario; aumentaba su curiosidad.

Él empezó a pasear por la habitación, como si aquel sitio lo ahogara. Alex se percató de que era muy alto, más de metro ochenta y cinco, atlético y de espalda ancha.

– Ahora los ha visto a todos. A todos los buitres que esperan a la cola. Y creen que usted sólo está interesada en el dinero. ¿Es así?

– Yo… bueno, veo que es usted muy directo.

– He venido aquí para saber cuáles son sus planes. ¿Eso es suficientemente directo para usted?

– Sinceramente, aún no tengo un plan definido. Estoy esperando a ver qué pasa.

– ¿Se ve a sí misma como granjera?

– No, no soy granjera ni tengo deseos de serlo.

– Una decisión muy sabia. Entonces, ¿qué piensa hacer?

– Discutir la situación con usted. Los buitres pueden pensar lo que quieran, pero usted tendrá la oportunidad de redimir la deuda de su padre.

– ¿Seguro?

– Mire, no soy ningún monstruo y sé que a veces cuesta trabajo reunir dinero. Yo misma me dedico a la gestión de empresas…

– Lo sé, trabaja con dinero. Y eso es lo único que le importa -la interrumpió Rinaldo.



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