
– Bueno, ya está bien. No voy a permitir que me hable en ese tono. Yo no soy responsable de su situación.
– Pero no le importa beneficiarse de ella.
– No me importa beneficiarme del testamento de mi tío Enrico porque eso es lo que él quería. Siento que haya sido una sorpresa para usted, pero no es culpa mía que su padre no les contase nada…
– ¡No se atreva a hablar de mi padre!
Alex lo miró, atónita. ¿Cómo se atrevía a hablarle en ese tono?
– Y usted deje de culparme por una situación de la que yo no soy responsable -replicó, intentando mantener la calma.
– Nadie duda de su derecho a la herencia, pero le sugiero que tenga cuidado.
– Lo que quiere decir es que me porte como a usted le conviene, ¿no? -replicó ella, a punto de perder la paciencia.
– Digamos que debería considerar la situación antes de hacer nada al respecto. Recibirá su dinero, pero a plazos.
– Eso no me vale, lo siento. Tengo otros planes.
– Si sus planes entran en conflicto con los míos, le sugiero que los cambie -le espetó Rinaldo-. Mientras tanto, creo que debería marcharse de Italia.
– No -contestó Alex.
– Es mejor que…
– La respuesta es no.
– Signorina, usted no conoce este país.
– Más razón para quedarme. Soy medio italiana, así que también es mi país.
– No me entiende. Cuando he dicho «este país» no me refería a Italia, sino a la Toscana. Ahora no está en la fría Inglaterra. Éste es un sitio peligroso para los intrusos.
– ¿No me diga? Mire cómo tiemblo -replicó Alex, irónica.
– Quizá sería más inteligente que lo hiciera.
– Deje de intentar asustarme. No funcionará. Haré lo que me dé la gana, cuando me dé la gana. Y si no le gusta, peor para usted.
– Muy bien, usted decide. Aténgase a las consecuencias.
– Quiero el dinero y no lo quiero a plazos -dijo ella entonces-. Pero podemos solucionar el asunto a través de terceros. Un banco, por ejemplo.
