
El rostro del hombre se oscureció.
– No pienso involucrar a ningún extraño en esto. ¿Cree que dejaría que alguien interfiriese en un asunto familiar?
– Mire, ya estoy harta. No voy a dejarme intimidar… Si pensaba que iba a hacerlo, se ha equivocado.
– Sólo intento…
– Sé lo que intenta -lo interrumpió Alex-. Y ya he oído más que suficiente. Me voy. Si desea hablar conmigo, póngase en contacto con mi abogado.
– ¡Ni hablar!
– Pues entonces no tenemos nada más que decirnos, señor Farnese -dijo ella, tomando el bolso para salir de la habitación.
Rinaldo la siguió.
– ¿Con quién ha quedado? -preguntó él.
– ¡Pero bueno…!
– ¿Con cuál de los buitres?
– No es asunto suyo.
– Si va a encontrarse con Montelli, sí es asunto mío -dijo Rinaldo entonces, interrumpiéndole el paso.
– Si fuese a ver al señor Montelli lo haría en el despacho de mi abogado. Y ahora, por favor, apártese de mi camino. Tengo intención de salir a cenar.
– Puedo recomendarle un buen restaurante.
– ¿El restaurante de un amigo suyo, para vigilarme?
– Es usted muy suspicaz.
– ¿Yo? Eso sí que tiene gracia.
– Y también es una mujer inteligente.
– Lo suficiente como para elegir restaurante por mí misma. Usted me pondría arsénico en el vino.
Rinaldo contuvo una sonrisa.
– Sólo si me incluyera en su testamento.
Lo último que Alex había esperado era una broma, pero salió de la habitación y siguió adelante sin sonreír, con Rinaldo detrás de ella.
En la plaza había un mercadillo de arte lleno de gente. Y en el centro, la estatua de un oso, sobre un pedestal. La nariz, al contrario que el resto del cuerpo, estaba muy brillante.
Dos jóvenes se acercaron entonces y frotaron la nariz del oso con la mano.
– Por eso brilla -explicó Rinaldo-. Le frotas la nariz mientras pides el deseo de volver algún día a Florencia.
