– Lo que quiero decir es que estoy dispuesto a comprarle la hipoteca sobre la granja Farnese- ¿Cree que podríamos llegar a un acuerdo?

– Es posible, pero no ahora mismo. Quiero darle una oportunidad a los Farnese.

Montelli se encogió de hombros.

– No pueden reunir el dinero.

– ¿Cómo lo sabe?

– Ah… esas cosas se saben. Y supongo que usted querrá cobrar ese dinero lo antes posible.

Como eso era precisamente para lo que había ido a Italia, podría parecer poco razonable que Alex se sintiera ofendida. Pero, por alguna razón, no quería hacer tratos con el señor Montelli. Aquel hombre estaba demasiado seguro de sí mismo.

– Me temo que no puedo discutirlo con usted hasta que lo haya hablado con ellos.

El señor Montelli mencionó una cifra y Alex tragó saliva. Era más de lo que le debían y ella era, al fin y al cabo, una mujer de negocios.

Pero su sentido de la justicia era más importante.

– Tengo que hablar antes con los Farnese.

– No soy un hombre paciente, signorina.

– Pues me arriesgaré a perder su oferta. Y ahora, si me disculpa…

Cuando se levantaba, Montelli la sujetó por la muñeca.

– No hemos terminado.

– ¿Cómo que no? Si no me suelta ahora mismo, le daré una bofetada que va a oírse en toda la plaza -replicó Alex.

– Si no lo hace usted, lo haré yo mismo -oyó la voz de Gino Farnese a su espalda.

Montelli la soltó, fulminando a Farnese con la mirada.

– ¿Quiere que le pegue? -preguntó Gino.

– No se atreva a hacerlo. Si alguien tiene que pegar a alguien, ésa soy yo. Y lo haría con sumo gusto.

Gino soltó una carcajada.

– Váyase de aquí, Montelli.

El hombre se levantó y salió de la cafetería sin decir nada.

– Qué pena. He perdido mi oportunidad de rescatar a una damisela en apuros. ¿No podría haber fingido estar un poquito asustada?

– No creo que a su ego le haga mucha falta -rió Alex.



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