– Signorina, usted me entiende perfectamente.

Decía signorina con un tono simpático, agradable. Al contrario que su hermano, Gino Farnese era un seductor, un chico simpático y poco complicado. Un acompañante excelente para ver Florencia, pensó.

– ¿Iba a salir?

– Sí, pensaba ir de visita. No conozco la ciudad.

– ¿Puedo acompañarla? Estoy a su servicio.

– Muy bien. Vamos a tomar un café y lo discutiremos.

Encontraron un pequeño café en la plaza, frente a la estatua del oso. Alex esperó que le hablase sobre la tradición de frotar la nariz, pero Gino no lo hizo.

Claro, pensó, él sabía que su hermano había ido a visitarla por la noche. De modo que aquel no era un encuentro fortuito.

Seguramente Rinaldo le habría pedido que fuese a verla para ver si la seducción funcionaba mejor que las groserías.

«Estupendo, guapo, me encantaría pasar el día contigo. Pero no vas a engañarme», pensó.

– ¿Montelli le ha hecho daño? -preguntó Gino entonces, tomando su mano.

– No, no me ha hecho daño.

– ¿Quiere que la lleve a la galería de los Uffizi? En Florencia tenemos las mejores colecciones de arte del mundo.

– Encantada.

Alex intentó fijarse en todos los cuadros y mostrar admiración, pero aquello era demasiado para ella. En Florencia había arte por todas partes.

Comieron en un restaurante a la orilla del río Arno, cerca del Ponte Vecchio.

– No puedo dejar de mirar el puente. Todos esos edificios encima, como si quisieran hundirlo en el agua… Es milagroso que no se haya hundido.

– Cierto -asintió Gino-. Pero es que Florencia es una ciudad milagrosa. El sesenta por ciento del arte mundial está aquí. Durante los últimos siglos…

Alex lo escuchaba, fascinada. ¿En qué otro lugar del mundo un granjero hablaría de arte?

Pero aquello era Florencia, la cuna del Renacimiento, el lugar que había producido a tantos grandes artistas.



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