Quien se lo hizo fue su padre, que había hipotecado un tercio de la granja familiar sin decírselo a sus hijos.

– Vincente Farnese era un tipo encantador -le había dicho Isidoro-. Pero tenía la terrible costumbre de cerrar los ojos para no ver la realidad, siempre esperando un milagro. Rinaldo intentaba controlar en lo posible el negocio familiar, pero Vincente les tenía reservada una sorpresa para el final. Entiendo que esté disgustado.

Pero el hombre que Alex tenía enfrente no estaba disgustado. No, Rinaldo Farnese parecía dispuesto a matar a alguien.

– Quizá no debería haber venido al funeral de su padre.

– Desde luego que no -suspiró Isidoro-. Seguramente se lo habrán tomado como una provocación.

– Pero yo no quería provocar nada. Sólo conocerlos, decirles que voy a darles una oportunidad para pagar la hipoteca.

– Alex, ¿es que no lo entiendes? Estos hombres creen que no te deben nada, que eres una usurpadora. Ofrecerles una oportunidad de que te paguen la hipoteca es una receta segura para el desastre. Vámonos de aquí.

– Vete tú si quieres, yo no pienso salir corriendo.

– Más tarde es posible que lo lamentes, Alex.

– ¿Por qué? ¿Qué podrían hacerme?

Una semana antes, en un restaurante londinense con David, todo le había parecido tan fácil…

– Con el dinero de esa herencia puedes convertirte en socia de la empresa -le había dicho él.

– Y mucho más -sonrió Alex pensando en la casa que compartirían después de la boda.

David no contestó directamente, pero levantó su copa.

David Edwards, su prometido. Con cuarenta años, guapo, elegante y muy británico, era el presidente de una prestigiosa firma londinense de administración de empresas.

Alex había empezado a trabajar para ellos ocho años antes, después de terminar la carrera.

Siempre supo que algún día conseguiría ser socia de la firma, como supo que algún día se casaría con David.



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