
Ocho años habían transformado a una chica tímida que se sentía más cómoda con las cifras que con las personas, en una mujer guapa y sofisticada.
Fue el propio David el que, sin saberlo, había dado comienzo a la transformación. Alex se quedó prendada de él desde el primer día, pero David ni siquiera se fijó en ella. Seis meses después de haber llegado a la empresa, ella oyó que le preguntaba a un colega:
– ¿Quién es la gordita del vestido rojo?
Y pasó de largo, sin saber que «la gordita» había oído el comentario.
Dos días más tarde, David anunciaba su compromiso con la hija de su socio.
Alex se centró en su trabajo sin pensar en nada más y, cinco años después, se había convertido en jefa del departamento.
Entonces el suegro y socio de David ya se había retirado y él ya no necesitaba su influencia… aunque sólo los malpensados hicieron la conexión entre ese dato y su divorcio.
En esos cinco años, Alex se esforzó mucho para transformarse físicamente y su cuerpo llegó a representar el triunfo del gimnasio. Sus piernas eran suficientemente esbeltas como para arriesgarse a usar minifalda y en su cuerpo no había un kilo de más.
Se cortaba el pelo, rubio, en la mejor peluquería de Londres, se maquillaba a la perfección y era, en definitiva, como una pulida obra de arte. Y su cerebro estaba en consonancia con su aspecto.
David y ella se convirtieron en pareja después de su divorcio y todo parecía perfectamente estructurado. El reconocimiento de la herencia iría seguido de una sociedad y, más tarde, de la boda.
– Aunque para eso aún falta tiempo -le había dicho David-, Aún no ha habido un reconocimiento de herencia, ¿verdad?
– No, pero los hermanos Farnese me deben una enorme suma de dinero. Si no pueden pagar en un tiempo razonable, me quedaré con la granja.
– Eso o vender tu parte a otra persona. Yo creo que sería lo más razonable, Alex. ¿Para qué quieres tú una granja?
