
– Lo siento -dijo él de repente-. ¿La estoy aburriendo?
– En absoluto. Parece usted un hombre del Renacimiento, de aquellos que eran capaces de dominar varias disciplinas artísticas a la vez. Supongo que el alma de ese hombre del Renacimiento sigue por aquí.
– Por supuesto, ése es nuestro orgullo. Aunque Rinaldo no está de acuerdo, porque a él sólo le importa la tierra. Sin embargo, yo creo que un hombre debe tener un alma artística… aunque sus manos estén llenas de callos.
Alex sonrió, preguntándose si de verdad sus manos estarían llenas de callos. Las de Rinaldo, seguro. Ese hombre parecía ser parte de la tierra.
– Había pensado llevarla al Duomo después de comer, pero…
– ¿Podríamos ir en otro momento? Ahora mismo no podría admirar otra catedral.
– Muy bien. Entonces hagamos algo más divertido y menos artístico.
– ¿Por ejemplo? -preguntó ella, recelosa.
– Montar a caballo.
– Ah, eso me encantaría.
No había llevado ropa de montar, de modo que fue necesario hacer algunas compras. Gino, como buen italiano, era un gran conocedor de la moda femenina y no la dejó elegir hasta que hubo aprobado el modelo.
– Ése, perfecto. Va estupendamente con su tono de piel.
Poco después, dejaban atrás Florencia para tomar la carretera que llevaba a las colinas. En un pequeño establo, Gino eligió un par de caballos y salieron a recorrer el campo. Alex se sintió cómoda enseguida con su yegua, un animal de dulce disposición.
Tras galopar casi una hora se detuvieron en un pueblecito. El hostal tenía una terraza en la que comieron un queso fuerte, aceitoso, riquísimo.
– Hacía siglos que no montaba a caballo -sonrió Alex-. Ha sido estupendo.
Por primera vez desde que llegó a Italia se sentía cómoda, relajada. David, sin embargo, jamás se encontraría a gusto allí. Él sólo montaba a caballo en su elegante mansión a las afueras de Londres.
