Era el retrato de una joven, de la cabeza a la cintura. Llevaba un vestido sencillo de algodón y su cuerpo delgado posaba con cierta rigidez contra una pared de madera oscura. Su pelo rubio y lacio, que caía hasta los hombros, parecía brillar contra la madera tosca. Su rostro mostraba líneas de sufrimiento en torno de las comisuras de la boca y un magnífico par de ojos, más oscuros que la madera. Conjeturé que tendría unos treinta años.

– ¿Quién es? -pregunté-. Parece… qué sé yo. No diría hermosa, pero sí viva. ¿Es mi abuela? ¿Era ella en su juventud?

El rabino Leibovitz agitó la mano:

– Paciencia, paciencia. Busque debajo de la fotografía.

Lo hice. Apareció una hoja de cuaderno, cuidadosamente doblada, arrugada y amarillenta. La alcé y empecé a desplegarla.

– Con cuidado -me advirtió.

– ¿Es el certificado que acompaña la condecoración? -pregunté mientras manipulaba cuidadosamente el papel.

– No, no tiene nada que ver.

Terminé de abrirla. Las letras escritas con tinta azul estaban casi borradas, como si la esquela hubiera pasado accidentalmente por un lavarropas, pero las palabras eran legibles. Las leí, embargado por una extraña sensación de desconcierto.


Que estas muertes recaigan sobre mí.

W.


– Es casi ilegible. ¿Qué significa? ¿Y quién es "W"?

– Es casi ilegible, Mark, porque cayó a las aguas heladas del río Recknitz en 1944. Para explicarle el significado de la nota, debo narrarle una historia bastante tortuosa y espeluznante. Y en cuanto a "W", el autor de esa firma críptica era nada menos que Winston Churchill.



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