Su expresión se endureció.

– Un lugar llamado Totenhausen, sobre el río Recknitz, en el norte de Alemania. Si quiere saber cuándo estuvo ahí, vea el revés de la medalla.

Di vuelta la cruz. En el revés estaban grabadas las siguientes palabras:


Mark Cameron McConnell, médico

15 de febrero de 1944


– Es el día en que se produjo el acto de valor -murmuró Leibovitz-. Hace cincuenta años, su abuelo realizó un acto singularmente heroico y de una importancia estratégica tal, que mereció un honor otorgado solamente a dos personas que no eran súbditos británicos. Uno era él; el otro también era norteamericano.

– ¿Quién?

El rabino se enderezó con dificultad hasta que su columna quedó recta como una vara metálica.

– El soldado desconocido.

Tragué saliva.

– No puedo creerlo -dije con voz ronca-. Es lo más insólito que haya oído en mi vida. O haya visto -añadí, alzando la cinta y la cruz. Al alzarla parecía ganar peso.

– Le falta ver algo todavía más extraordinario -dijo Leibovitz-. Algo único.

Nuevamente tragué, expectante.

– Levante el acolchado de la caja. Debe de estar ahí.

Le entregué la cruz y con gran cuidado alcé el forro del fondo. Apareció un retazo gastado de tela de lana, un tartán escocés. Lo interrogué con la mirada.

– Siga, siga -dijo Leibovitz.

Bajo el tartán apareció una fotografía en blanco y negro, tan contrastada que parecía una vieja escena de la Gran Sequía tomada de la revista Life.



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