– Bien, ¿quiere escucharme, Mark? ¿O prefiere dejar las cosas como están?

Contemplé la medalla en forma de cruz, la esquela desteñida, el tartán escocés y la fotografía de la mujer.

– Estoy enganchado -confesé-. Pero espere un momento.

Fui al dormitorio de mi abuelo a buscar el pequeño grabador que utilizaba en sus conferencias y una caja de microcassetes Sony.

– ¿Me permite grabarlo? -pregunté al instalar el aparato-. Si la historia es tan importante, conviene registrarla.

– Debería haberla registrado hace años, pero Mac no quería -dijo Leibovitz-. Solía decir que su difusión o no difusión no cambiaría un ápice de la historia de la humanidad. Yo disentía. Hace tiempo que esta historia debió salir a la luz.

Miré hacia la ventana:

– Ya casi no hay luz, rabino.

– En ese caso, prepárese a pasar la noche en vela -dijo con indiferencia.

– ¿Puedo darle un consejo? Quiero decir, como editor.

– Ah, no sabía que también era editor.

Me encogí de hombros:

– He escrito un par de cosas para las revistas profesionales. Últimamente me vinieron ganas de escribir una novela en mis ratos de ocio. Un thriller médico. Pero, bueno, tal vez usted me dé una historia mejor. En todo caso, mi consejo, que usted puede aceptar o no, es que omita las frases del tipo "visualice la escena" o "me parece que". Cuente la historia como cree que sucedió. Como si fuera un testigo invisible.

Lo pensó unos instantes y asintió:

– Me parece bien -dijo. Se sirvió más coñac, se apoltronó en el sillón y alzó la copa para brindar:



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