– No tengo hijos, doctor. ¿Sabe por qué?

– Bueno… supongo que no quiso tenerlos. O usted o su esposa son estériles.

– Soy estéril -asintió Leibovitz-. Cuando tenía dieciséis años, unos médicos alemanes me invitaron a pasar a una cabina para llenar un formulario. Necesité quince minutos para completarlo. Durante ese lapso, rayos equis de alta intensidad atravesaron mis testículos desde tres ángulos distintos. Dos semanas después, un cirujano judío y su esposa me salvaron la vida al castrarme en la cocina de su casa.

Sentí frío en las manos.

– ¿Estuvo en… en los campos?

– No. Huí a Suecia con el cirujano y su esposa. Pero, como ve, mis hijos nonatos quedaron allá.

No supe qué decir.

– Nunca se lo había dicho a un cristiano -declaró Leibovitz.

– No soy cristiano.

Sus ojos se entrecerraron:

– ¿Hay algo de lo que no estoy enterado? Que yo sepa, usted no es judío.

– No soy nada. Agnóstico, digamos. La duda metódica.

Leibovitz me escrutó durante largo tiempo. En su rostro aparecían emociones que yo no sabía interpretar.

– Lo dice muy a la ligera para alguien que ha visto tan poco.

– He visto bastante sufrimiento. Y a veces he podido aliviarlo.

Agitó la mano en un gesto europeo por demás elocuente.

– Créame, doctor, usted ni siquiera se ha acercado al borde del abismo. Se cubrió los ojos con la mano y permaneció inmóvil durante casi un minuto. Tuve la impresión de que se preguntaba si tenía fuerzas para relatar la historia. Pero cuando yo iba a romper el silencio, bajó la mano:



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