– Ah, entiendo. Mentalmente tomas distancia.

David entrecerró los ojos.

– Oye, por favor no empecemos. Ya tuve esa discusión de mierda con el viejo cuando me alisté. ¿Y ahora que ha muerto tú quieres seguirla? -Con un vigoroso movimiento del brazo abarcó la taberna y el callejón nevado, apenas visible a través de la ventana cubierta de escarcha.- Aquí, en este país de Jauja, tú y los demás intelectuales pasan el día entero en el laboratorio. Se olvidan del mundo y de por qué estamos en guerra.

Mark alzó la mano:

– Ya sé que hay que detener a los nazis, David. Pero estamos destruyendo mucho más que eso.

– Abre los ojos, Mac. Estamos en 1944. Estamos hablando de Hitler. El Führer hijo de puta.

– Lo sé. ¿Pero te das cuenta de que se usa a Hitler para justificar cualquier cosa? Bombardeos de regiones enteras, misiones suicidas. Los políticos actúan como si Hitler hubiera nacido armado de la cabeza de Zeus. Los hombres con conciencia habrían podido detener a ese maniático hace diez años.

– ¿Qué importa lo que habría podido pasar? Lo que cuenta es la realidad. Hitler tendrá lo que buscó.

– Así es. Lo que yo pregunto es si debemos destruir una sociedad para eliminar a un hombre. Aniquilar una población para poner fin a una peste.

El rostro de David se volvió una máscara de furia.

– ¿Te refieres a los alemanes? Déjame que te cuente sobre esa buena gente. ¿Recuerdas a Chuckie Wilson, mi mejor amigo? Su B-17 cayó cerca de Würzburg después de la segunda incursión sobre Schweinfurt. El piloto murió en vuelo, pero Chuckie y otros tres pudieron saltar. A uno lo capturaron, a otro lo salvó la Resistencia. Chuckie cayó en manos de unos civiles alemanes. -David bebió un gran trago y se sumió en un silencio hosco.



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