– ¿Y?

– Y lo lincharon.

Mark sintió que se le erizaban los pelos de la nuca.

– ¿Cómo?

– Lo colgaron de un árbol, carajo.

– Yo creía que los alemanes trataban bien a los aviadores derribados. Al menos en el frente occidental.

– Los soldados regulares, sí. Pero la SS no es regular, y los civiles alemanes nos odian.

– ¿Cómo te enteraste?

– Por el tipo que escapó. Pero te contaré lo peor. Cuando los civiles ahorcaban a Chuckie, apareció un camión cargado de tipos de la SS. Se pararon a mirar, fumando y riendo, y después se fueron. Me hizo acordar de ese negro que lincharon en la granja de los Bascombe. Dijeron que había violado a una chica blanca, ¿recuerdas? Pero no había pruebas, y Dios sabe que no le permitieron defenderse. ¿Recuerdas lo que dijo tío Marty? El comisario y sus ayudantes presenciaron todo sin tratar de intervenir.

David abrió y cerró lentamente la mano izquierda mientras alzaba el vaso con la derecha.

– El tipo que vio el linchamiento de Chuckie dijo que había tantas mujeres como hombres. Y que una se le colgó de las piernas cuando estaba ahí colgado de la rama.

– Sí, entiendo lo que quieres decir. -Mark tomó aliento.- Aquí se nos pierde de vista la dimensión personal de la guerra. No vemos el odio.

– Ya lo creo, viejo. Deberías volar con nosotros alguna vez. Una sola. Con las pelotas congeladas, tratando de respirar con la máscara, sabiendo que si se te cae durante diez segundos te tienen que amputar una parte congelada. Y todo el tiempo juras que si vuelves con vida, nunca volverás a faltar a misa.



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