
David no se inmutó.
– ¿Entiendes lo que digo, David? El fosgeno fue el gas más mortal de la Primera Guerra Mundial. Pero en comparación con Sarin es… nada. Una décima de miligramo, una gota del tamaño de un grano de arena, te mata en menos de un minuto. En esa concentración mortal es invisible y atraviesa la piel humana. ¿Entiendes? Mata a través de la piel.
David movía la boca en silencio.
– Sí, entiendo. Sigue.
– La semana pasada, el general Smith vino a verme otra vez. Me preguntó qué pensaría yo si me dijera que el Sarin era un gas alemán y que el arsenal aliado no poseía nada parecido. Quería saber qué podía hacer yo para proteger las ciudades aliadas. Le dije que honestamente no podía hacer nada. Sería imposible proteger del Sarin a los habitantes de una ciudad. No es como los bombardeos. Estos son terribles, pero cuando pasan, la gente sale de los refugios. En cambio el Sarin, si el tiempo lo permitiera, permanecería ahí durante días y días, en las calles, las ventanas, el césped, la comida, todo.
– Ya, ya. ¿Y qué pasó?
– Smith dice que Sarin es un gas alemán. Dice que lo robaron del corazón del Reich. Y algo más: dice que me equivoco, que sí puedo hacer algo para proteger nuestras ciudades.
– ¿Y bien?
– Puedo inventar un gas igualmente mortal para que Hitler no se atreva a usar el Sarin.
David asintió lentamente.
– Si lo de Sarin es cierto, no veo qué alternativa nos queda. ¿Cuál es el problema?
– ¿De veras no te das cuenta? -preguntó Mark, decepcionado-. ¡Mierda!, lo sabes mejor que nadie.
– Oye, no me vengas con discursos pacifistas. Creí que habías asumido tu situación. Carajo, si trabajas con los ingleses desde 1940…
