
– Sólo en tareas de defensa.
David infló las mejillas y expulsó el aire ruidosamente.
– La verdad es que nunca entendí ese argumento. Uno trabaja para la guerra o no lo hace.
– Créeme, David, la diferencia es muy grande. Hasta en Oxford, que se precia de ser tan tolerante, soy el leproso oficial.
– Suerte para ti que estás en Oxford. En mi base aérea te reventarían a golpes.
Mark se frotó las sienes con las palmas.
– Escucha, comprendo la lógica de la disuasión. Pero nunca hubo un arma parecida a ésta. Jamás. -Miró con alivio a los dos profesores que salían de la taberna. -David, te diré algo que la mayoría de la gente no sabe. Nunca hemos hablado de esto. Hasta hace un mes, el gas venenoso era el arma más compasiva del mundo.
– ¿Cómo?
– Como oyes. A pesar del dolor insoportable de las quemaduras y el horror de las armas químicas, el noventa y cuatro por ciento de los hombres que sufrieron sus efectos en la Primera Guerra Mundial recuperaron la aptitud para el combate en nueve semanas. Nueve semanas, David. La tasa de mortalidad del gas venenoso es del dos por ciento, más o menos. La de los cañones y fusiles es del veinticinco por ciento: diez veces más alta. Tenemos que aceptar que lo de nuestro padre fue una lamentable excepción.
El entrecejo fruncido de David dejaba traslucir su desconcierto.
– ¿Que tratas de decirme, Mark?
– Trato de explicarte que antes de conocer el Sarin, mi rechazo de la guerra química se debía principalmente a que los soldados quedaban paralizados por el miedo y a las secuelas psicológicas de las heridas.
